Román, en la casa del Padre


Román, niño, aprendió la luz entre metales,
carrera, cada suelta del cole, 
al hondo de la cueva mágica,
el taller de su padre.

En el centro, 
resumen de camión -chasis y motor-.
Alrededor, canto de yunques
y surtidor de estrellas.
Feliz si el postrer movimiento,
el padre asegurando el faro.
Le encandilaba el faro a Román,
aquel faro grande, redondo,
azul intenso, chorro de luz.
Y las manos de su padre
—entre yunques, chispas y faros recién nacidos—
le enseñaban que toda materia
espera servicio y destino.

Desde los hierros rusientes,
por un salto de escalera
padre e hijo ascendían
hasta la sal húmeda embebida
en las riberas de Urdaibai,
hasta la mesa, la risa,
y el pan partido por la madre.

Le enamoraron los faros:
poner luz delante del camino,
dar ojos a lo que avanza cargado,
abrir ruta en la noche.

Y no fue extraño
que un día eligiera
ser lámpara.

En el silencio del Seminario
oyó la fragua más honda:
no la del hierro,
sino la del Reino.
Allí entendió
que el Evangelio arde mejor
cuando calienta manos obreras,
cuando se sienta a la mesa del salario corto,
cuando nombra hermano
al cansado.

Partió su pan con el hambriento,
abrió su casa al que no tenía techo,
vistió dignidad con palabras claras,
como quien instala faros
en la niebla social.

Sal que no se escondió en el salero,
luz que no aceptó la tapadera,
voz sembrada aun con sordera,
oído del corazón despierto
para escuchar el clamor
que otros no oían.

Formó caminantes,
militantes con alma,
creyentes con manos,
comunidades con preguntas,
catequesis con barro y calle,
informes con pulso humano.

Lector de honduras,
artesano de materiales,
tejedor de encuentros,
compañero de luchas,
pastor de barrios con nombre propio
y heridas concretas.

Gracias, Señor Libertador,
por su vida gastada a tu manera:
sin vitrina,
sin foco,
pero llena de faros.

Gracias por su terquedad de Evangelio,
por su creatividad servicial,
por su amistad sostenida en el tiempo,
por su fe trabajada como metal noble.

Que ahora,
al entrar en tu Casa,
encuentre la Luz sin relevo,
el Taller sin desgaste,
la Palabra sin ruido.

Y que nosotros,
recordando su camino,
no escondamos la lámpara,
no neguemos la sal,
no cerremos la puerta.

Amén de gratitud
y memoria encendida.